miércoles, 20 de diciembre de 2006

Editorial

UN BIEN ESCASO

Se encuentran a tratamiento del Parlamento Nacional dos proyectos de ley enviados por el Poder Ejecutivo, que ya cuentan con media sanción de la Cámara de Representantes. Uno que se refiere a la creación de la UNASEV (Unidad Nacional de Seguridad Vial) y otro que se refiere a la Reglamentación del Transito y la Seguridad Vial.

Más allá de que en otro momento nos dediquemos a comentar dichos proyectos, nos queremos referir a otros aspectos que no pasan necesariamente con contar con más normas sino de aplicar, de una vez por todas, el sentido común en la administración y control del tránsito.

Salvo algunas excepciones esporádicas, todos quienes conducimos diariamente algún vehículo por las calles de nuestras ciudades o por las carreteras nacionales hemos comprobado que:

a) Existen personas que conducen y que tienen en regla su libreta de conducir que no debieron haber aprobado nunca el examen de conductor.
b) Los guardias de tránsito: léase personal de las Intendencias, Policía y Tránsito y la propia Policía Caminera, no demuestran para nada querer de veras ordenar el tránsito.
c) Existe una política de celada y recaudación que es lo único que estimula y hace visible la acción de quienes deberían – sobre todo – realizar acciones preventivas.
d) Existe una enorme cantidad de vehículos que no debería circular por no estar en condiciones.
e) Los carros tirados por caballos, los ciclistas, los camiones de organismos oficiales y en la mayoría de los casos, los ómnibus y muchos taxis son inimputables rodantes a los que no se les aplica sanciones y ni siquiera se les demora para aleccionarlos.
f) El sistema de señalización es deficiente, contribuyendo muchas veces los propios gobiernos departamentales – como es el caso notorio de Montevideo – con refugios en las esquinas o con paletas avisadoras, a dificultar la visibilidad y orientación del conductor.
g) La “ingeniería del tránsito” o sea la coordinación de los semáforos o su propia existencia; la ubicación y proliferación de las cebras (cuando lo que debería haber, como es el caso de la Rambla de Montevideo son cruces sobreelevados, para que un peatón no haga detener 50 vehículos en una cebra), la canalización y ordenamiento del tránsito cuando el mismo debe ser desviado con motivo de un evento público o de un accidente, son de una omisión o ineptitud escandalosa.

Se podrá entonces crear la mejor norma, la ley más moderna, pero si los organismos encargados de la aplicación no mejoran su gestión, aquella no servirá de nada.

Estoy convencido de que ello puede hacerse. Pero hace falta ese bien escaso del que hablábamos al principio: el sentido común.