viernes, 27 de abril de 2007

Editorial


NUESTRAS HEROICAS COMPAÑERAS
Mucho se comenta, se dice y se idealiza sobre esos jinetes modernos que en sus potentes máquinas emprenden aventuras y emociones sin límite a través de rutas y caminos desconocidos.
También existe abundante literatura sobre la evolución de motocicletas cada vez más veloces que alcanzan en fracciones de segundo cifras de vértigo.
Se admira y hasta se envidia la temeridad de los pilotos que se atreven a enroscar la mano derecha levantando el cuenta vueltas mientras que, a ambos lados de la máquina, siluetas, figuras y paisaje pasan a ser trazos multicolores y apastelados que dan marco al rugir del motor. El piloto tiene el control de la situación …al menos mientras Dios se lo permite. Él decide cuando acelerar, cuando frenar, donde doblar y tiene una amplia visibilidad al frente y a los costados.
Pero… ¿y el o la acompañante? La mayoría de las veces se trata de nuestra compañera, la que con tal de estar con nosotros, toma también el riesgo de confiarnos su entereza física para compartir y comprender nuestra pasión por el motociclismo. Pero, ¿cuántos pilotos conocen lo que es ir sentado en el asiento trasero de una moto mientras es otro el que conduce? En general no les gusta nada y tienen mil prevenciones para
hacerlo. La visión está limitada, la sensación de inseguridad es mucho mayor, el agarre al vehículo es precario y muchas veces se limita a poder hacerlo del conductor ya que muchos birrodados modernos no tienen asas adecuadas. Eso significa permanecer concentrada para que una frenada brusca no termine en un gran “cocazo” entre los cascos, con el consiguiente rezongo de él y la severa recomendación de “Afirmate bien porque así se arruinan los cascos”.
O de terminar en el suelo si la aceleración o el trazado de una curva fueran demasiado radicales. O un gran pozo, o una lombada, o…tantas otras cosas.
El desconsiderado no tiene en cuenta de que él sabía que iba a frenar, o acelerar, o esquivar. Pero su acompañante no y a veces no es fácil controlar la inercia de la cabeza o de todo el cuerpo, cuando la maniobra es sorpresiva.
Aquellos que hemos andado varios cientos de kilómetros en un día, no podemos evitar experimentar una especie de escalofrío cuando vemos en las motos deportivas, esos “apoyapies” o estriberas que hacen que el acompañante vaya bien arriba, con las piernas arrolladas y sin tener, prácticamente, de donde agarrarse. ¿Qué se puede sentir a 200 km/hora en esa posición? No lo sé porque creo que nunca me animaría a ir de acompañante a esa velocidad. ¿Y si en lugar de ir rápido se hacen 500 o 600 kilómetros de una tirada? ¡Que estado físico hay que tener para soportar esa incómoda postura por horas! Seguramente el placer será todo del piloto que ve el paisaje, toma las decisiones y va montado con mucho mejor confort. Lo de la acompañante es una prueba de resistencia y de amor.
No obstante todo lo que he señalado, allí están ellas, dispuestas a tomar los riesgos, a confiar en nosotros y a acompañarnos a donde decidamos ir.
Reconozcamos al menos que son heroicas y que merecen todo nuestro reconocimiento y
respeto.-

viernes, 20 de abril de 2007

Editorial


DIVERTIDA

La película cuyo título original es “Wild Hogs” (“Cerdos Salvajes” u otros nombres en castellano) y que algunas carteleras redenominan como “Born to be Wild”, pronto se estrenará en nuestro medio.
La protagonizan John Travolta, Tim Allen, Martin Lawerence y William Macy. Tuvimos la oportunidad de verla y realmente pasamos un momento muy divertido. Se la recomendamos especialmente a los motociclistas y más especialmente aún a los veteranos.
Se trata de cuatro amigos, con profesiones y vidas diferentes, que se reúnen una vez por semana y salen con sus motocicletas. Constituyen un grupo llamado “Wild Hogs” (Cerdos Salvajes) y, por distintas circunstancias personales, deciden hacer un viaje largo por carretera.
La vicisitudes que enfrentan son realmente graciosas, pero, finalmente tienen que enfrentar un trance que los hace crecer como personas y también solidificar su amistad.
Se transforman en ejemplo para una pequeña ciudad y…no les cuento más. ¡Véanla!
Para quienes participamos de la misma pasión, es fácil consustanciarnos con muchas de las escenas de la película. Y aquellos que practican el motociclismo pasando la media centena, se sentirán identificados con muchas de las cosas que suceden en el film, aunque los protagonistas sean más jóvenes.
Al final, nos dejan una sonrisa y algo para comentar con los amigos.
El guión roza temas más amplios. Por ejemplo la realidad que muchos de nosotros hemos tenido que enfrentar, ante la incomprensión de mucha gente por lo que hacemos. “¡¡Andar a 180 km de velocidad en una moto!!” “¡¿Recorrieron 3.000 km en moto?!” “¡¡¡Ustedes están locos!!!”
Eso dicen muchos con una expresión de asombro en el rostro. A nuestras espaldas seguramente dirán que somos inmaduros, inconcientes y todo lo demás.
Naturalmente que para ser motociclista no se necesita andar demasiado rápido (¡Pero que fantástica producción de adrenalina da un poco de velocidad!) o recorrer distancias desmesuradas (¡Pero cuánto crecemos interiormente en esos viajes y cuán marcados nos quedan los recuerdos!). Lo que se necesita es entender eso que los perros conocen tan bien cuando asoman la cabeza por la ventanilla del auto.
En cuanto a la incomprensión y las murmuraciones a nuestras espaldas, nos ocurre algo extraordinario: ¡Nos importa un comino!
Esa magia de la cofradía que hace los preparativos, apronta sus máquinas y sale a devorar kilómetros solo puede comprenderse por aquellos que lo han hecho alguna vez.
Si estás en ese grupo, la película te va a encantar. Si no es así, te recomiendo que no dejes pasar mucho tiempo sin subirte a una moto.

miércoles, 11 de abril de 2007

Editorial


CARRETERAS
Creo que los uruguayos nos hemos acostumbrado a nuestras buenas carreteras. En efecto, con alguna excepción, nuestras principales rutas tienen un estado de aceptable hasta excelente, los que nos permite rodar con ellas con mucha tranquilidad. Como deuda debe ubicarse la mala señalización de obras en ejecución u hombres trabajando. Casi nunca se encuentran con la antelación y visibilidad requeridas tanto reglamentariamente como por el buen sentido. También la pintura reflectiva que demarca el pavimento no se encuentra bien mantenida en todas partes. No obstante, los más memoriosos recordarán que hace unos cuantos años, cuando nos tocaba atravesar la frontera y conducir por carreteras argentinas o brasileñas notábamos la desventaja en que nos encontrábamos frente a sus rutas en buen estado y con abundante señalización. Bueno, sepan que eso ha cambiado y que - con las carencias que hemos apuntado – podemos decir que actualmente la condición de nuestros caminos es notoriamente mejor que la de nuestros vecinos. Tal vez se deba a que el tránsito también es sensiblemente menor, pero lo cierto es que, después de hacer muchos kilómetros por Argentina y Brasil, hemos tenido que andar por carreteras en muy mal estado, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de recorridos turísticos terrestres, en lo que se debería enfatizar el mantenimiento de buenas condiciones. Una excepción que merece la pena mencionarse es la carretera que une Mendoza con San Luis (Ruta 7). Nos tocó en suerte hacerla en la noche y nos llamó la atención encontrarnos con una ruta de dos sendas, totalmente iluminada (solamente en Bélgica habíamos podido disfrutar de carreteras iluminadas) y en excelente estado. Pero la pasada Semana de Turismo nos tocó enfrentar a la BR 101 (Brasil) que, después de Osorio y hasta Florianópolis no solamente está en mal estado, sino que el tránsito- sobre todo de camiones – es infernal. Algo que habla bien es que están en obras y algo que no anima demasiado es que los arreglos ya hechos no le quitan la irregularidad, el bacheo y los sacudones al viaje. Para colmo y como lo relatamos en nuestros “Viajes” llovió intensamente, con lo que el panorama empeoró. Tampoco la “Estrada do Mar” que recorrimos a partir de Tramandaí hasta Torres estaba en buenas condiciones. Fue un alivio volver a nuestras buenas rutas cuando regresamos y ni qué decir de la excelente Interbalnearia (¡Ojalá siga así!) por la que arribamos de nuevo a la Capital.-