
NUESTRAS HEROICAS COMPAÑERAS
Mucho se comenta, se dice y se idealiza sobre esos jinetes modernos que en sus potentes máquinas emprenden aventuras y emociones sin límite a través de rutas y caminos desconocidos.
También existe abundante literatura sobre la evolución de motocicletas cada vez más veloces que alcanzan en fracciones de segundo cifras de vértigo.
Se admira y hasta se envidia la temeridad de los pilotos que se atreven a enroscar la mano derecha levantando el cuenta vueltas mientras que, a ambos lados de la máquina, siluetas, figuras y paisaje pasan a ser trazos multicolores y apastelados que dan marco al rugir del motor. El piloto tiene el control de la situación …al menos mientras Dios se lo permite. Él decide cuando acelerar, cuando frenar, donde doblar y tiene una amplia visibilidad al frente y a los costados.
Pero… ¿y el o la acompañante? La mayoría de las veces se trata de nuestra compañera, la que con tal de estar con nosotros, toma también el riesgo de confiarnos su entereza física para compartir y comprender nuestra pasión por el motociclismo. Pero, ¿cuántos pilotos conocen lo que es ir sentado en el asiento trasero de una moto mientras es otro el que conduce? En general no les gusta nada y tienen mil prevenciones para
hacerlo. La visión está limitada, la sensación de inseguridad es mucho mayor, el agarre al vehículo es precario y muchas veces se limita a poder hacerlo del conductor ya que muchos birrodados modernos no tienen asas adecuadas. Eso significa permanecer concentrada para que una frenada brusca no termine en un gran “cocazo” entre los cascos, con el consiguiente rezongo de él y la severa recomendación de “Afirmate bien porque así se arruinan los cascos”.
O de terminar en el suelo si la aceleración o el trazado de una curva fueran demasiado radicales. O un gran pozo, o una lombada, o…tantas otras cosas.
hacerlo. La visión está limitada, la sensación de inseguridad es mucho mayor, el agarre al vehículo es precario y muchas veces se limita a poder hacerlo del conductor ya que muchos birrodados modernos no tienen asas adecuadas. Eso significa permanecer concentrada para que una frenada brusca no termine en un gran “cocazo” entre los cascos, con el consiguiente rezongo de él y la severa recomendación de “Afirmate bien porque así se arruinan los cascos”.
O de terminar en el suelo si la aceleración o el trazado de una curva fueran demasiado radicales. O un gran pozo, o una lombada, o…tantas otras cosas.
El desconsiderado no tiene en cuenta de que él sabía que iba a frenar, o acelerar, o esquivar. Pero su acompañante no y a veces no es fácil controlar la inercia de la cabeza o de todo el cuerpo, cuando la maniobra es sorpresiva.
Aquellos que hemos andado varios cientos de kilómetros en un día, no podemos evitar experimentar una especie de escalofrío cuando vemos en las motos deportivas, esos “apoyapies” o estriberas que hacen que el acompañante vaya bien arriba, con las piernas arrolladas y sin tener, prácticamente, de donde agarrarse. ¿Qué se puede sentir a 200 km/hora en esa posición? No lo sé porque creo que nunca me animaría a ir de acompañante a esa velocidad. ¿Y si en lugar de ir rápido se hacen 500 o 600 kilómetros de una tirada? ¡Que estado físico hay que tener para soportar esa incómoda postura por horas! Seguramente el placer será todo del piloto que ve el paisaje, toma las decisiones y va montado con mucho mejor confort. Lo de la acompañante es una prueba de resistencia y de amor.
No obstante todo lo que he señalado, allí están ellas, dispuestas a tomar los riesgos, a confiar en nosotros y a acompañarnos a donde decidamos ir.
Reconozcamos al menos que son heroicas y que merecen todo nuestro reconocimiento y
respeto.-
respeto.-

